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Iván Molina: renacer tras el fuego

21.10.09

A sus 41 años, Iván Molina toca batería en tres bandas, forma parte del comité creativo del sello sureño Discos Tue Tue y divide su tiempo entre Valdivia y Santiago, mientras rearma su vida tras separarse de su pareja. En actividad desde 1985, este músico ha pertenecido a Emociones Clandestinas, Santos Dumont y Matorral. Parte viviente del patrimonio sonoro chileno, Molina recomienza luego de superar adicciones y problemas existenciales.

“Si dejo de tocar, me muero”. Así define su vida Iván Molina, baterista desde hace más de un cuarto de siglo. Residente en Valdivia, padre de un hijo de 20 años y recién separado, el músico enfrenta sereno su vocación. Mientras bebe un sorbo de su café, recuerda: “Tal vez a los 30 y tantos me generaba más problemas llegar a esa edad en esta profesión y relacionarme, incluso, con gente mucho más joven”. Ahora, a sus 41, se acuerda de David Bowie y queda tranquilo.

Tras pasar por Emociones Clandestinas e inmediatamente después por Santos Dumont, Molina formó parte del núcleo activo de la escena chilena, tras el retorno de la democracia. “Esperábamos que se gestara una suerte de movida, como la que apareció en España tras Franco. De hecho, para lo del Sí y el No, muchos participamos entusiasmados”, comenta. El percusionista señala que no fue tan así, que -al principio- los cambios fueron lentos y que la efervescencia esperada tardaba.

En la segunda mitad de los ochenta, a sus 17 años, se une a Emociones Clandestinas con unos amigos. La banda, oriunda de Concepción (aunque Iván nació en Temuco, de donde migró antes de entrar al colegio), se contraponía al movimiento de la Nueva Canción, más ligada al folklore y a los trovadores. Influenciados por la new wave y el punk británico de The Smiths, The Stranglers y The Clash, estos músicos contaron con el hit ‘Un Nuevo Baile’.

El remplazo de Jean Pierre Larousse, tras un ataque de pánico en el debut de la banda en Santiago (junto a Los Prisioneros y Aparato Raro), fue el comienzo de su carrera musical. “Desde pequeño, me imaginaba -con objetos- los platos y caja de la batería, y ensayaba los movimientos como si fuese un instrumento de verdad. Creo que mi viejo alguna vez tocó y yo juraba que era un rockero en una banda”, recuerda sobre sus inicios.

“En ese tiempo, el vocalista de Emociones tenía 10 años más que yo. Apenas tomaba, el resto tal vez”, dice Molina al encender un cigarrillo. Tranquilo tras su primer día en Santiago, desmitifica el aura de distorsión y drogas de la new wave chilena. “Eso para mí vino mucho después, al final de mi etapa en Santos Dumont”, confiesa. Las anfetaminas y el alcohol le costaron varios tratamientos y su abrupta salida de Matorral, en agosto de 2005.

“No lo hacía de volado, de hecho, nunca me ha gustado la marihuana. Tampoco componía con ello, pues hago percusión, ni la usaba como inspiración. Quería huir’, atestigua. El sureño se reclina en el sillón y medita un momento.  Su última rehabilitación fue la definitiva y le valió una nueva pareja, de la que se acaba de separar. También, una ola incesante de actividad. El baterista decidió mudarse a Valdivia, donde se integró al sello independiente Discos Tue Tue.

“Ellos tenían una visión más antigua de las cosas. Eso de hacerse ricos vendiendo discos. Hoy en día, ganas mucho más con los eventos y conciertos”, advierte. El artista posee experiencia en el área. Mientras batallaba en Emociones Clandestinas, advirtió un éxito inesperado con Abajo En La Costanera, su debut de 1987, apadrinado por Carlos Fonseca, manager de Los Prisioneros. Pese a esto, EMI no quiso arriesgarse en un segundo álbum, y el grupo se disolvió.

Luego, durante doce años, Iván estuvo en Santos Dumont. “En un principio, nos llamábamos Santos y tocábamos en pequeños círculos de escuelas de arte en Concepción. Ni siquiera era un público tan universitario, pues ellos andaban aún con la nueva trova. Era algo mucho más underground que Emociones”, estima. Partían los noventa y -con ello- toda una invasión de shoegaze e indie que llegaba en gotas al país: Pixies, Ride, My Bloody Valentine se compartían secretamente en cassettes grabados de amigos, o se descubrían en casa de algún afortunado que tuviese el vinilo.

Fusión, la disquería de Fonseca ubicada en la galería Drugstore, importaba ediciones de Creation y de la movida Manchester de The Stone Roses y Happy Mondays. En paralelo, se gestaban en Santiago bandas como Sien y Christianes. Santos Dumont hacía lo suyo en la capital del Bío-Bío, aunque bajo un perfil ultra confidencial. Aun así, y tras dos autoediciones, la EMI los fichó y se mudaron a la Región Metropolitana, donde sacaron Un Día En El Ático (Y Lo Que Encontramos Ahí), en 1995.

“Fue durante una campaña mundial del sello. Un proyecto que buscaba elevar grupos nacionales. Entraron otras bandas, como Lucybell. A mitad de camino, ellos cortaron todo. Algunos ni siquiera vieron su disco en la calle, siendo que estaba hecho y prensado”, analiza el baterista. Su amigo en la transnacional les propuso un trato: o se salían indemnizados, o esperaban un año más para sacar otro elepé. Los penquistas prefirieron tomar esta última opción.

“Al tiempo, igual nos cortaron”, replica Molina. Su relación con Fonseca los llevó a gestionar el álbum que querían hacer, a través del sello Fusión, propiedad del manager y empresario. Las grabaciones fueron acordadas en el estudio de Archi Frugone de Anachena, en Santa Ana de Chena. Durante seis meses, esta casa (inaugurada con las sesiones del álbum Tzzzt de Supersordo, en 1995) fue testigo de la elaboración de Similia Similibus.

“Vimos a otros grupos que grabaron y sacaron sus trabajos. Y nosotros seguíamos ahí”. Iván añade que tuvieron una gran cantidad de invitados y que el perfeccionismo los consumió. El productor pagó el estudio, pero se retiró del proyecto y les dio carta blanca para que usaran los masters a voluntad. El álbum salió -al fin- en 1999, años más tarde, bajo etiqueta Warner, que se ocupó de su distribución. Ya cansado, en medio de una maraña que duró cuatro años hasta llegar al elepé nuevo, se refugió en las drogas y el alcohol. “Hasta ese entonces tomaba en ocasiones, como cualquiera, pero ahí se convirtió en un problema”, dice.

Con varias salidas y recaídas, además de tratamientos en centros especializados, el baterista comenta que ese desánimo significó la separación de Santos Dumont, al poco tiempo. Julián Peña, voz y guitarra, formó Casanova el 2004, luego de estar en Ángel Parra Trío, y ha colaborado últimamente con Icalma. Molina pasó a Matorral, de un matiz más ligado al folklore y a la canción de protesta de los sesenta. “De ahí me sacaron por tomar”, murmura.


NUEVA VIDA

Han pasado cuatro años desde que Iván partió a Valdivia. Allá tiene su banda, Pituquitos, un trío que destila un blues punk de mala leche. Además, viene a Santiago a quedarse en el departamento de los jóvenes penquistas Philipina Bitch, en Bellavista. El percusionista los fichó para Tue Tue, y los está publicando con ayuda de un Fondo de la Música. Hecho con pasión y ediciones diferenciadoras (generalmente, cuidados diseños en cartón), el sello se ha propuesto lanzar material chileno interesante, sin mayores pretensiones de venta.

“Nos importa más que el disco exista y salga. De todas maneras, contamos con una red de distribución en locales escogidos en el sur y el resto del país. Ahora, con los Philipina, una alianza con Oveja Negra nos permitirá estar en tiendas de mayor alcance”, destaca el artista. A sus más de cuarenta años, y recuperado de sus adicciones, el baterista se muestra enérgico. “Ahora estoy mucho más metódico, y en un montón de cosas”, añade.

Además de Pituquitos, Iván pasó a formar parte del dúo penquista y fue invitado a Trancemission, la banda sicodélica de noise del guitarrista Rodrigo Astaburuaga, de Casino y The Ganjas. Aparte de ello, lidia con su vida personal. Tras separarse, se ocupa de su hijo, con el que vive. “Estoy bien, todo fue en buena, quédate tranquila”, responde a una llamada por celular de una cercana.

Con el equilibrio emocional que las drogas nunca pudieron darle, Iván afronta su situación calmadamente. Ya se asumió como músico, saldó sus pesares del pasado y ahora se encuentra entre mil proyectos, galopando a toda máquina. “Es lo que quiero hacer”, confiesa. Incluso, se dio el gusto de reeditar Similia Similibus en versión de lujo, con demos extra y tomas alternativas, a través de Tue Tue. Ello fue el motivo de una breve reunión de Santos Dumont para promoverlo, durante 2008. Quienes partieron como un grupo subterráneo, son hoy referencia obligada para bandas como Los Bunkers, Primavera de Praga o los disueltos Teleradio Donoso.

Los Philipina Bitch tienen la edad de su hijo, y Molina se relaciona a la perfección con ellos. “La música te da esa transversalidad”, estima. Cuando piensa en Mick Jagger y los Rolling Stones, se dice que, si tomó un rumbo, es el suyo y debe seguirlo. Gracias a su discográfica, que ha sido apoyada por el gobierno y ha logrado sus metas de venta, puede llevar adelante su vida haciendo lo que sabe. En las bandas, aplica lo que más le gusta. “No puedo dejar de tocar, es un asunto vital para mí”, insiste.

Con su reedición, la maldición aparente de Similia Similibus ha quedado atrás, e Iván se ha rearmado interiormente. “Ahora, con Tue Tue, sé lo que es la disciplina de trabajo, la labor en equipo, y vivo mucho más relajado en provincia”, afirma. A pesar de su reciente quiebre, conversa sólido y maduro. Su largo deambular por las distintas esferas creativas musicales le dan la paz de la experiencia.

“El año pasado, me inscribí en un diplomado en gestión cultural. Me di cuenta de que lo que aprendes en el ruedo es mucho más valioso. Con todo lo que había visto, al pasar por todos esos grupos, ya entendía cómo se manejaba el asunto”, destaca. En su pequeña empresa, ha aplicado todos sus conocimientos, junto a personas como Pablo Mura (ingeniero en sonido y miembro del grupo Trapezoide). Pituquitos, Philipina Bitch, Trancemission, Sensorama 19-81, Javier Guerrero y los propios Santos Dumont engrosan el catálogo del sello, que desde Valdivia se ha transformado en una alternativa independiente y viable.

La permanencia de sus proyectos en giras regionales, y conciertos por los escenarios del circuito rockero santiaguino (Mist, Loreto, Bar Constitución), dan fe de la buena salud de la propuesta. Libre de sus propios demonios, y de las tentaciones efímeras de los grandes conglomerados, Iván Molina continúa su camino con entusiasmo. Su hijo ya comienza a hablar de independizarse. Toda una tradición en pos del llamado de la vida.

por * rodolfo garcía
fotografía * daniela león

4 Comentarios enviados:

24.10.09 @ 1:43 pm

Rodrigo Roa:

Un afectuoso saludo a Ivan Molina, al que considero un excelente baterista y que mejor que haber pertenecido lejos a la mejor banda rockera, Santos Dumont…. que emocionante seria verlos de nuevo en los escenarios, tocando por ejemplo Miranda!!!!!….

SL2

RRF

20.11.09 @ 3:28 pm

jenny:

yo para ser sincera lamtablemente no conosco en la banda que has tocado pero ya me informare, pero suerte y echa pa delante.

02.12.09 @ 12:32 pm

Jaime:

Hola: Vi a los Santos Dumont en diciembre del 2008 en Stgo (Opera Catedral), y he escuchado 2 de sus discos, comprè el Similia, y quiero saber cuàndo y dònde tocarán nuevamente, para poder disfrutar de su genial música.

10.12.09 @ 11:26 am

viejes:

Ojalá madurez alguna vez

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