En primer lugar deberíamos reconocer qué es lo que nos interesa evaluar del proyecto. Es probable que no podamos evaluar todo. En ese caso, es primordial reconocer los aspectos que nos parecen relevantes o significativos. Una vez reconocidos deberíamos saber si esas conductas, acciones o conocimientos existían antes de implementar el proyecto o son fruto de esa implementación. Esto implica diferenciar las conductas previas de las posteriores. Esta diferenciación puede requerir que administremos un instrumento o, simplemente, que recojamos la información a partir de una conversación más o menos informal acerca de la diferencia entre el antes y el después del proyecto.
Una propuesta diferente consiste en evaluar si se cumplieron los objetivos que tenía planteado el proyecto. En ese caso es fundamental contar con ellos previamente y recoger la opinión fundada de los diferentes participantes y, también, la documentación si la hubiere como registro del proyecto o el reconocimiento de las acciones que podrían testimoniar el cumplimiento de los objetivos. Evidentemente es central diseñar la evaluación. Se trata de un proceso laborioso que permite sistematizar las acciones. Desde esta perspectiva conocer los objetivos que se plantearon permite diseñar las acciones para obtener la escala de notas que informen acerca del cumplimiento o no de dichos objetivos.
Una tercera propuesta se dirige a evaluar lo no visible, teniendo en cuenta que la implementación del proyecto siempre deja un lado no transparente o desconocido como resultado de su accionar. Todos los proyectos tienen efectos no buscados o no previstos por su implementación. Es de interés averiguarlos, reconocer el impacto que produjeron al llevarlos a la práctica y, más de una vez, en los involucrados tanto directa como indirectamente por su implementación. Conocer los efectos no buscados o no previstos puede ser tan valioso e interesante como el conocimiento del cumplimiento de los objetivos o de las diferencias entre el antes y el después del proyecto. Se podrán evaluar tanto los productos que emanan del proyecto como las acciones que se desplegaron en él, esto es, los procesos que dieron lugar a esos productos. Más puntualmente podrá evaluarse el clima que generó la implementación del proyecto, las redes que se conformaron, las relaciones que se entablaron con la comunidad, el sentido de la institución como centro cultural y científico o el proyecto en el marco de una institución ejemplar, tal como se supone que son las instituciones educativas.
Las instituciones ejercen sus efectos en virtud del ambiente que crean, así como por la personalidad y el intelecto de quienes en ellas trabajan. Las escuelas tienen como propósito crear una cultura permitiendo adquirir un estilo de vida para una sociedad democrática. Evaluar los proyectos en ese marco implica reconocer y diferenciar la característica esencial de la institución educativa.
